febrero 11, 2026

Viajar solo para operarse siendo homosexual

Lo que llevé y no estaba en mi maleta

Viajar al extranjero para operarse suena valiente cuando lo dices en voz alta.

Reservar el vuelo, enviar los informes médicos, concertar la consulta. Pero lo que la gente no ve es lo que llevas contigo y que no está en la maleta.

Cuando decidí viajar para recibir tratamiento médico, les dije a mis amigos que se trataba de una cuestión de coste y calidad. Lo cual era cierto. La clínica tenía buenas críticas, cirujanos con experiencia e instalaciones modernas. Sobre el papel, tenía sentido.

Lo que no dije es que también estaba teniendo en cuenta la seguridad. ¿Sería el hospital inclusivo con la comunidad LGBTQ+? ¿Tendría que corregir los pronombres durante la recuperación? ¿Me sentiría cómoda en un país donde no conocía las normas culturales?

Viajar sola para someterse a una cirugía ya te hace vulnerable. Viajar sola como persona queer añade una segunda capa de vulnerabilidad. Te vuelves hiperconsciente del tono, de las miradas, de cuánto de ti misma revelas.

Y entonces ocurrió algo sorprendente.

El personal del hospital me trató primero como a una persona. La consulta fue tranquila. La enfermera me preguntó cómo me sentía, no quién era. Me dieron privacidad sin aislarme. Apoyo sin que me vigilaran.

No fue nada dramático. Fue constante.

Esa serenidad lo cambió todo.

Los viajes médicos pueden parecer transaccionales. Vuelos de ida. Intervención realizada. Vuelos de vuelta. Pero cuando la atención es respetuosa y tiene en cuenta la identidad, deja de parecer una transacción y empieza a parecer una recuperación.

Si estás pensando en viajar al extranjero para operarte como persona queer, ten esto en cuenta. Está bien pensar en algo más que en las credenciales médicas. Está bien elegir un lugar donde te sientas seguro.

A veces lo que llevas en la maleta no es miedo.
Es discernimiento.

Y a veces vuelves a casa con algo más ligero.